El llamado estilo “primitivo” de Rousseau (perspectiva aplanada, follaje luminoso, figuras en equilibrio entre la inocencia y la amenaza) rompió todas las reglas académicas y, al hacerlo, construyó un nuevo lenguaje visual. Funciona como El gitano dormido (1897) y el sueño (1910) se sienten infantiles y aterradores, iluminados por la inquietante calma de sueños demasiado lúcidos para escapar.
Las escenas selváticas de Rousseau fueron pintadas en jardines parisinos y en libros ilustrados, pero capturaban una naturaleza subconsciente –de deseo, miedo y libertad– que ningún realista podría jamás lograr. Sus contemporáneos se burlaron de él, pero Picasso, Apollinaire y los surrealistas vieron lo que realmente era: un visionario que hizo que la imaginación volviera a ser respetable.
Rousseau murió en 1910, pobre y ridiculizado, pero su influencia se extendió a través del surrealismo, el modernismo y todos los artistas que alguna vez creyeron que la sinceridad puede desafiar la sofisticación. No pintó lo que vio, sino lo que sintió—Y esa, al final, fue la verdadera revolución.