La fotografía en blanco y negro de Stieglitz no se trataba de contraste, sino de consecuencias. El asfalto brillaba como el pensamiento. El vapor se convirtió en una alegoría. Con la fotografía pictorialista, convirtió la lluvia en un ritual y luego la cortó con la navaja del realismo.
A través de Trabajo de cámara y Photo-Secession, hizo que la estética monocromática pareciera operística, elevando la fotografía de una artesanía mecánica a un altar modernista. No se limitó a fotografiar una Quinta Avenida nevada: hizo que el clima pareciera una profecía.
Como pionero del arte fotográfico, fue curador del futuro: Cézanne, Rodin, O'Keeffe, Duchamp. Pero su exposición más auténtica fue siempre la impresión en plata: íntima, exigente, sin miedo a las sombras.
Entre los fotógrafos de principios del siglo XX, Stieglitz sigue siendo la bisagra, donde el arte aprendió a hablar en tiempos de exposición y profundidad de campo, y el alma de la ciudad quedó enfocada a través del ojo de la máquina.