Sus raíces expresionistas alemanas se fracturan frente a la precisión formalista suiza; La luz del norte de África se filtra a través de estudios de color de base cuadrada, escalas cromáticas que superponen gradaciones tonales como una estructura fugaz. El primitivismo infantil enmascara una teoría del diseño rigurosa. La obra rechaza la categorización estática. La figuración se disuelve en la abstracción y luego se reconstituye. Los sistemas de notación simbólica (motivos de flechas, glifos alfanuméricos) funcionan como polifonía visual, y cada uno marca simultáneamente una herramienta pedagógica y un cifrado místico. Se trata de arte realizado durante el exilio, respondiendo a la persecución degenerada del arte mediante la construcción de lenguajes simbólicos alternativos. La última fase expresionista de Klee intensifica la paradoja: las formas se vuelven más elementales a medida que se multiplica la densidad conceptual. Lo que parece lúdico está calculado pedagógicamente. Lo que parece abstracto tiene peso político. El legado del profesor de la Bauhaus persiste, no como estilo, sino como método para ver el color, la forma y la línea como proposiciones filosóficas entrelazadas.