Del decadente brillo de los cabarés de Weimar a los horrores desgarradores de la opresión nazi, el arte de Beckmann es una montaña rusa por la psique humana. ¿Sus autorretratos? Es como mirarse en el espejo deformante de una feria, pero con el alma. Y ni me hables de los trípticos: son retablos medievales con esteroides, con más simbolismo que una novela de Dan Brown.
Beckmann no se dedica a pintar cuadros bonitos: disecciona la condición humana con la precisión de un cirujano y el desparpajo de un improvisador de jazz. Ya sea «La noche», que grita terrores silenciosos, o «El infierno de los pájaros», que le planta cara al mismísimo Hieronymus Bosch, la obra de Beckmann te agarra del cuello y no te suelta. Es expresionismo con colmillos, realismo con un toque de sueño febril y arte moderno que hace una reverencia a los viejos maestros mientras abre su propio camino. Así que abróchate el cinturón, amante del arte: esto no es la colección de bodegones de tu abuela. Bienvenido al mundo salvaje, maravilloso y ligeramente desquiciado de Max Beckmann.